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Detrás de cada clase, hay alguien que la vive
DOCUMENTANDO AÑOS DE TATAMI, COMPETICIÓN Y ENSEÑANZA
YASSER

Yasser empezó en las artes marciales a los seis años, con el judo. A los doce descubrió el Jiu-Jitsu de la mano de su madre, que también entrenaba, y desde entonces no lo ha dejado. Nacido en Anápolis (Brasil), lleva compitiendo y formándose casi toda su vida — no es alguien que llegó tarde al tatami, sino alguien que prácticamente creció en él.
En 2017 se mudó a Barcelona. Aquí encontró a Yan Cabral, competidor histórico de BJJ y MMA, que vio su potencial y lo entrenó de forma personal dentro de la élite competitiva. En febrero de 2025, tras años de trabajo y más de setenta combates oficiales solo como cinturón marrón, Yan Cabral le otorgó el cinturón negro. En Jiu-Jitsu, el negro no se compra ni se acelera: son años de tatami, de aprender perdiendo y de volver. El de Yasser llegó por la vía difícil.
Hoy compite al máximo nivel en la categoría de cinturón negro adulto, con podios en los abiertos internacionales de la IBJJF y la AJP en ciudades como París, Múnich y Abu Dhabi. Pero su faceta que más importa aquí es otra: es el Head Coach de Odyssey Esplugues.
Porque competir y enseñar no son lo mismo. Yasser tiene las dos. Entiende el Jiu-Jitsu desde dentro —lo que funciona de verdad cuando hay presión— y sabe transmitirlo, adaptándose a quien tiene delante: al que empieza desde cero, al que quiere competir, al niño que llega por primera vez y al adulto que busca desconectar y ponerse en forma.
En Odyssey no entrenas con un nombre de un cartel. Entrenas con él.
COACH DE NIÑOS E INICIACIÓN
MARCELO

Marcelo lleva en el tatami desde 1993. Más de tres décadas que se notan en cómo enseña: sin prisa, explicando el detalle pequeño que lo cambia todo, siempre desde los fundamentos. Es de la vieja escuela, y lo dice con orgullo.
Se formó en la tradición brasileña del jiu-jitsu y en 2005 se mudó a Barcelona, donde siguió entrenando y encontró su sitio como profesor. Aquí ha pasado la mayor parte de su vida docente —quince años dando clase— y aquí coincidió con Yasser.
Para Marcelo el jiu-jitsu no va de medallas. Nunca ha sido un hombre de competición: practica y enseña el arte suave por lo que es, una terapia física y mental completa. Cree en el Gi sin matices —para él el kimono no es un accesorio, es parte del arte— y ese respeto por la forma clásica es lo que transmite a cada alumno que empieza.
Entre nosotros le llaman Pashá. El apodo lo dice todo: le gusta la buena vida. En el tatami, esa calma se convierte en la paciencia de quien sabe que aprender lleva su tiempo —y que precisamente por eso vale la pena.

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